Visión y Expresión

 

 Virginia García Arriaga

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SÍNDROME DE SOLOMON

martes, 12 de junio de 2018
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Es importante reseñar que existe una parte significativa de la sociedad con miedo a llamar la atención en exceso, ya sea por temor a que los demás se pudieran sentir ofendidos por sus logros, virtudes y éxitos.

El síndrome de Solomon, por tanto, nos viene a mostrar la baja autoestima y falta de confianza en uno mismo, que, muchas veces, tenemos por mirar, en demasía, que hace o no hace el vecino.

Las personas afectadas creen que su valor como tales, y a todos los niveles o en cualquier contexto, dependen de lo poco o bien de lo mucho que las personas del entorno le valoren.

El síndrome de Solomon es un trastorno que se caracteriza porque el sujeto manifiesta reacciones como la toma de decisiones o conductas evitando destacar o sobresalir sobre los otros, es decir, sobre el entorno social que le rodea.

Es frecuente que estas personas se pongan obstáculos a sí mismas para seguir su camino deseado, intentando no salirse del común por el que va la mayoría de la población.

El síndrome de Solomon es otra muestra de la realidad de la sociedad actual, la que tiende a condenar a aquellos sujetos que consiguen el éxito y tienen talento.

Obviamente, muchas personas no lo dicen, pero esas mismas ven con malos ojos que las cosas vayan bien a quienes les rodean, y es que detrás de todo ello, se encuentra la envidia, un virus maligno que no permite ser feliz a la persona que lo sufre.

El síndrome de Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de nuestra condición humana.

Por una parte, revela nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, creyendo que nuestro valor como personas depende de lo mucho o lo poco que la gente nos valore.

Y por otra, constata una verdad incómoda: seguir formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos.

Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas.

Y más ahora, en plena crisis económica, con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos.

Detrás de este tipo de conductas se esconde un virus tan escurridizo como letal, que no solo nos enferma, sino que paraliza el progreso de la sociedad: la envidia.

La Real Academia Española define esta emoción como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”.

La envidia surge cuando nos comparamos con otra persona y concluimos que tiene algo que nosotros anhelamos.

Es decir, nos lleva a poner el foco en nuestras carencias, las cuales se acentúan en la medida en que pensamos en ellas.

Así es como se crea el complejo de inferioridad; de pronto sentimos que somos menos porque otros tienen más.

Bajo el embrujo de la envidia, somos incapaces de alegrarnos de la felicidad ajena.

De forma casi inevitable, estas actúan como un espejo donde solemos ver reflejadas nuestras frustraciones.

Sin embargo, reconocer nuestro complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitamos canalizar nuestra insatisfacción juzgando a la persona que ha conseguido eso que envidiamos.

Sólo hace falta un poco de imaginación para encontrar motivos para criticar a alguien.

El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender la futilidad de perturbarnos por lo que opine la gente de nosotros.

Si lo pensamos detenidamente, tememos destacar por miedo a lo que ciertas personas –movidas por la desazón que les genera su complejo de inferioridad– puedan decir de nosotros para compensar sus carencias y sentirse mejor consigo mismas.

¿Y qué hay de la envidia? ¿Cómo se trasciende? Muy simple: dejando de demonizar el éxito ajeno para comenzar a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar sus sueños.

Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye. Esencialmente porque aquello que admiramos en los demás, empezamos a cultivarlo en nuestro interior.

Por ello, la envidia es un maestro que nos revela los dones y talentos innatos que todavía tenemos por desarrollar.

En vez de luchar contra lo externo, utilicémosla para construirnos por dentro.

En el momento en que superemos, colectivamente, el complejo de Solomon, posibilitaremos que cada uno aporte –de forma individual– lo mejor de sí mismo a la sociedad.

 

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